
Capítulo 1
Jamás imaginé que el ansiado retiro de escritura al que por fin asistía lo iba a terminar así: encerrado en un pequeño y mal ventilado almacén, escribiendo esta historia a mano en el cuaderno en el que solo pensaba tomar notas, y sabiendo que, lo más probable, es que no salga vivo de aquí; demasiado habré podido hacer si consigo terminar de contar lo que ha pasado en este fatídico fin de semana antes de que mi voz sea finalmente silenciada, igual que ha sido la de mis compañeros.
Llevo un rato escondido y sé que no se ha ido. Me debe estar buscando porque soy el único que puede contar la verdad. Por eso escribo todo esto, para que si no consigo salir vivo de esta casa, alguien encuentre y lea este cuaderno. Así, el asesino no quedará sin condena que cumplir. Debe pagar por tanto horror.
Pero se está acabando el día y la escasa iluminación que entra por el ventanuco de este cuartucho va perdiendo fuerza. Sin ella, no podré escribir, y si no lo hago, el sufrimiento y la agonía de estos dos días no habrá valido para nada. Por eso busco posturas imposibles en las que la luz alcance las rayadas hojas del cuaderno y yo pueda seguir deslizando el bolígrafo sobre el papel. Ahora me arrepiento de haberme dejado llevar por la comodidad del teclado del ordenador para escribir mis libros. Si hubiera escrito más a mano, no estaría realizando tanto esfuerzo para que mi letra sea al menos legible, y avanzaría más rápido en la narración de la historia que debo contar. Pero es lo que hay, y no puedo dejarme llevar por la desesperación. Tengo que seguir escribiendo antes de que me encuentre.
La única oportunidad que veo para salir vivo de aquí es que, si no me localiza, llegue a pensar que he conseguido escapar y decida huir él antes de que yo dé aviso a la policía. Si no tengo esa suerte, sé que no parará hasta eliminar al único testigo que puede delatarlo. Lo tenía todo bien preparado, y he quedado como la nota discordante que desafina en su melodía; mala situación.
Capítulo 2
Según voy escribiendo, me siento raro porque, por primera vez en mi trayectoria literaria, tengo muy claro el argumento del relato que quiero contar. Esta vez el esfuerzo al que me enfrento no es imaginar, ni dar coherencia a la trama. Ahora no tengo miedo al bloqueo ni al folio en blanco; lo que quiero escribir, ha sido real. Por desgracia, lo acabo de vivir. Sin embargo, lo que se me está haciendo difícil es no acelerarme y poner pausa al torrente de palabras que brotan de mi mente y debo ordenar antes de que lleguen al papel, y esto nunca me había pasado.
Me duele mucho la cabeza. Han sido dos días terribles en los que la tensión ha ido yendo cada vez a más hasta llegar al punto insostenible actual, y temo que eso me impida ser fiel a la realidad. Hay momentos de los vividos, los más terribles, que tengo en nebulosa y me cuesta recordarlos, pero tengo que hacer un esfuerzo porque no quiero perderlos, y no puedo dejar que se desvirtúen víctimas de esa mente de escritor de novela que mi profesor tanto se ha esforzado en cultivar. Esta vez tengo que escribir una crónica periodística más que una ficción. Con que me limite a ordenar y ser fiel a mis recuerdos, habré logrado el objetivo.
Por eso creo que, a pesar de la urgencia, tengo que empezar a escribir por el principio, por el momento en que seis amantes de la literatura y aspirantes a escritor nos animamos a participar de este retiro literario, sublime colofón a un año de clases y empujón final a nuestros anhelados y trabajados proyectos de novela. Llegamos aquí con el material generado durante el curso y debíamos salir con el andamio de nuestro futuro libro ya construido y a la espera de la valoración editorial. ¡Qué ilusión! Y qué decepción. Ahora solo espero que, a futuro, cuando alguien encuentre este cuaderno, la verdad de lo pasado sea tan impactante que se haga justicia con los que llegamos aquí soñando ser escritores, y salimos siendo personajes secundarios de una simple novela negra.
Capítulo 3
La convocatoria de las jornadas se publicó en las redes sociales de la Escuela de Escritura: “Disfrutando de un fin de semana literario en la Sierra de Madrid. Lectura, escritura y naturaleza: lo necesario para culminar tu trabajo en la Escuela”.
Ninguno de los seis alumnos que llevábamos todo el año compartiendo la tarde de los jueves lo dudamos. Tomás, nuestro profesor, nos confirmó su asistencia y nos apuntamos a las jornadas todo el grupo. No encontramos mejor opción para terminar nuestros manuscritos y tener el material con suficiente calidad para poder llamar a nuestro proyecto, por fin, novela.
Así que un gélido viernes de diciembre nos plantamos aquí Ramón, Chema, Elisabeth, Jeanine, Carolina y un servidor, todos ansiosos por disfrutar del atractivo fin de semana y recibir las últimas instrucciones de Tomás. El lugar elegido por la Escuela fue un idílico y aislado alojamiento rural del Valle de Valsaín, lejos de cualquier distracción, y ahora sé que de cualquier ayuda. En ese momento nos pareció el enclave ideal para un grupo de imaginarios ganadores del premio Planeta que teníamos que dar el empuje final al libro que nos iba a catapultar, al menos, al mercado editorial.
Fuimos citados aquí con el consejo de venir en el autobús de línea, ya que se preveían fuertes nevadas y eran días peligrosos para coger el coche. Por eso llegamos todos a la vez. El mismo Tomás nos recibió y nos dio la sorpresa de que íbamos a estar solos; el resto de alumnos de la Escuela había anulado la asistencia por el temporal en ciernes. ¡Qué valientes nos sentimos!
La nieve ya estaba cayendo con fuerza cuando Tomás nos fue repartiendo por las pequeñas habitaciones individuales que tenía previamente asignadas. A mí me ubicó entre la de Chema y Jeanine. Recuerdo, al instalarme, las ganas que tenía de empezar con los últimos retos y retoques literarios, por eso, rápidamente y sin colocar la ropa, saqué el cuaderno y el bolígrafo y me fui directo al salón donde íbamos a trabajar.
Capítulo 4
Cuando nos volvimos a reunir todos, iniciamos la tarde del viernes como niños pequeños: ilusionados, excitados, deseando empezar a escribir y a corregir, pero Tomás decidió descansar, y eso nos obligó a calmarnos y aprender a esperar.
—Aprovechad para avanzar en vuestras novelas —nos dijo—. Podéis hacerlo en soledad o acompañados, lo que prefiráis, y ocupad el espacio que queráis dentro de la casa; ya sabéis que estamos solos y fuera, con la que está cayendo, no se puede salir.
Él se retiró y nosotros nos quedamos confusos. No era el inicio de las jornadas que habíamos esperado, pero, al fin y al cabo, el de escritor es un oficio solitario que termina compartiendo el resultado final de muchas jornadas en silencio. Yo decidí volver a mi habitación y afrontar lo que solo yo sabía que me pasaba: tenía un bloqueo brutal y no era capaz de avanzar en mi novela, y eso me estaba generando un fuerte dolor de cabeza, por lo que dejé el cuaderno en el salón y estuve tumbado sobre la cama intentando organizar mis ideas. Por supuesto, me quedé dormido, porque mi siguiente recuerdo fue despertarme agitado y sudoroso; seguramente había estado soñando con alguno de los personajes de la novela, a veces me pasa e incluso me ayuda a desarrollar las tramas.
Nervioso, y lamentándome de no tener el cuaderno a mano, volví al salón para anotar alguna idea y, sobre todo, contagiarme del seguro avance de mis compañeros. Fui el penúltimo en llegar.
—¡Hombre, Daniel! —dijo Tomás—. Ya era hora, ¿no? Estamos hambrientos.
La mesa llena de exquisitos embutidos y las copas de vino sin tocar atestiguaban que nadie había empezado todavía a cenar.
—Bueno, falta Jeanine —dijo Carolina.
—Pues, o viene ya —intervino Ramón—, o yo empiezo, ¡que no puedo más!
El gesto de asentimiento de los demás obligó a Tomás a pedir a Elisabeth que fuera a buscar a nuestra compañera, lo cual hizo al momento.
Elisabeth desapareció por la oscuridad del pasillo y dos minutos después, un grito nos levantó a todos de la mesa.
Capítulo 5
—¡Está muerta!
Salimos en tropel del comedor y nos agolpamos en la puerta de la habitación de Jeanine. Todos queríamos pasar, pero ninguno se atrevió a hacerlo. Solo Elisabeth, que había llegado antes, estaba arrodillada en mitad de la estancia, llorando desconsoladamente. Jeanine, tumbada encima de la cama sin deshacer, estaba pálida y no respiraba. El pelo revuelto, la ropa arrugada, los papeles de su novela desperdigados por el suelo y un cojín deformado con la marca de su rostro parecían la prueba evidente de que había sido ahogada. Nuestra compañera había sido asesinada.
—¡Hostia! —fui yo quien reaccionó, acercándome con miedo a intentar tomarle el pulso—. Está muerta —reafirmé lo que había chillado Elisabeth.
—Hay que avisar a alguien —exclamó histérica Carolina—. ¡Hay que llamar a la policía!
Al instante fuimos a echar mano de nuestros móviles y recordamos, todos a la vez, la premisa principal del retiro literario: nada de teléfonos que nos distrajeran. Los habíamos dejado en Madrid.
—Pero… aquí habrá fijo, ¿no? —preguntó Chema. Y ante un supuesto líder, como debía ser Tomás, insistió—. ¡Tomás! ¡La policía!
Nuestro aturdido profesor abatió su postura.
—No hay teléfono. No hay nada. Esta casa la elegimos precisamente porque no ofrece distracción alguna.
—¡Pues vamos al pueblo! —chilló Ramón.
Sin deshacer el grupo, fuimos a la entrada y, por segunda vez aquella noche, nos agolpamos todos en una puerta. El panorama en el exterior fue igual de bonito que desolador. Había caído tal nevada que se hacía imposible coger el único coche que estaba allí aparcado: el de Tomás.
—Hostia —parecía que era lo único que sabía decir yo aquella noche.
—Vamos a calmarnos —por fin Tomás pareció asumir la iniciativa—. Volvamos al salón y pensamos qué hacer.
—Pero… ¿Y ella? —sollozó Elisabeth recordando a nuestra compañera muerta.
—Cerramos la habitación y no entramos ninguno —dirigió Tomás—. Y no nos separemos tampoco —añadió—, no sabemos si hay alguien aquí con nosotros.
Capítulo 6
En ese momento no entendí por qué Tomás pensó en un asesino externo al grupo, en alguien que podía estar en la casa y a quien no habíamos visto ninguno. Ojalá hubiera despertado en ese momento mi imaginación de escritor de novela negra para haberme adelantado a todo lo que pasó después, pero no lo hice.
Después de aislar el cuerpo de Jeanine volvimos al salón, pero ninguno cenó. Fue Tomás el que abrió la botella de vino y entonces sí, buscando el efecto relajante del alcohol, le seguimos todos. Dos copas después recuperamos el habla y analizamos la situación. Estaba claro que no podíamos hacer nada más que esperar a que pudiéramos coger el coche, o que alguien viniera a rescatarnos, cosa del todo improbable, porque ir andando hasta el pueblo estuvimos de acuerdo en que era una locura. Decidimos, a instancia mía, apagar la calefacción del cuarto de Jeanine para que se conservara mejor el cadáver. Todos estuvimos de acuerdo y fue Tomás el que fue a bajar el termostato. Luego, sin saber qué más hacer, y sin ninguna gana de escribir, aguantamos casi sin hablar hasta que llegó una hora tan tardía que debíamos retirarnos a dormir, aunque ninguno parecía tener intención de hacerlo.
—Aquí no nos vamos a quedar toda la noche —esta vez fue Ramón el que propuso el plan—. Si os parece, vamos a pasar por todas las habitaciones y, cuando nos aseguremos de que están vacías, al que le toque que se encierre y ya no salga hasta mañana. Nos podemos volver a reunir, por ejemplo, a las ocho; salimos todos a la vez y volvemos directos al salón.
La idea nos pareció bien, y así hicimos. Progresivamente, y con más miedo que otra cosa, nos fuimos repartiendo por las habitaciones. A mí, verme allí encerrado, me tranquilizó algo.
—Aprovechad para escribir —nos sorprendió Tomás—. No será bueno que estemos dando vueltas a la muerte de Jeanine —aclaró—. Así os distraéis.
Dudo mucho que alguno lo hiciera. Yo, desde luego, no cogí ni el cuaderno.
Por la mañana acudimos a la cita… Todos menos uno.
Capítulo 7
—¿Y Ramón?
—¿Se habrá dormido?
Nos extrañaba que precisamente nuestro ideólogo incumpliera lo pactado.
—Fue el último en llegar a su habitación —dijo Chema, vecino de cuarto del ausente.
—¿Le has oído esta mañana?
Ante la negativa de Chema, asumimos que nos tocaba ir a despertarlo. Con el miedo en el cuerpo, partimos en comitiva desde el salón hasta una de las habitaciones más alejadas de este. Llamamos a la puerta y, al no obtener respuesta, nos tocó abrirla sin permiso. La visión del interior nos heló más que lo hubiera hecho la nieve externa. Ningún chillido, ningún lamento, solo un silencio sepulcral acompañó a la imagen de Ramón tirado en el suelo, bocabajo y rodeado de un charco de sangre que había brotado de su abdomen. Otro asesinato.
Chema, ilógicamente incrédulo, empujó con el pie el cuerpo inerte.
—Tieso —fue lo único que dijo después.
Todos nos giramos hacia Tomás buscando en el responsable de aquel encuentro qué hacer. Si alguno podía tener dudas de que lo de Jeanine no había sido una muerte natural, la estampa de Ramón desangrado despejaba toda incertidumbre.
Nuestro profesor, sorprendentemente tranquilo, reaccionó quizá de la única manera que lo podía hacer.
—Vamos a hacer lo mismo que con Jeanine —explicó—. Quitamos la calefacción, cerramos la puerta y dejamos todo sin tocar hasta que pueda venir la policía.
—¿Pero, nadie ha oído nada? —pregunté, sin mucha ilusión de respuesta.
Nadie. La noche había sido tranquila para todos y nos había ayudado a olvidar la primera muerte.
—¿Seguro que no hay nadie más en la casa?
Fue Carolina la que preguntó directamente a Tomás.
—Que yo sepa, no.
—Entonces, ¿el asesino es uno de nosotros?
La pregunta lanzada por Chema destapó lo que todos estábamos pensando.
—No digas tonterías —cortó Tomás—. De todas maneras, vamos al salón y permanezcamos todos juntos; solo así estaremos seguros. En algún momento tendrá que dejar de nevar y podremos ir al pueblo a denunciar lo que ha pasado.
Capítulo 8
Pero no dejó de nevar, sino todo lo contrario: cada vez lo hizo con más intensidad.
Así que nos desperdigamos por el salón, con el desayuno puesto sobre la mesa pero sin tocar, excepto el café, y con el único objetivo de no dormirnos; nos daba pánico. Estábamos incómodos, tensos, aterrados, pero eso no era lo peor. Lo que estaba acabando con nosotros era la desconfianza que había germinado en nuestro interior y crecía lenta pero inexorablemente. Nadie quería sospechar de un compañero, pero tampoco veíamos otra explicación. Las mal disimuladas miradas de sospecha empezaron a cruzarse entre todos.
Como escritor de novela negra, decidí romper el silencio imponiendo la lógica que habitualmente uso para desarrollar mis tramas. Siempre me hago tres preguntas.
—¿Qué motivo puede haber para las muertes?
Mis compañeros —los que quedaban— me miraron como si fuera extraterrestre; fue Tomás el único que reaccionó.
—Debemos estar tranquilos —dijo—. Yo no puedo creer que esto lo estéis haciendo ninguno de vosotros. Sois mis alumnos.
—Y competimos por un contrato editorial —recordó Carolina.
Eso era verdad. El que terminara el curso con el mejor proyecto de novela sería presentado para publicar con una conocida editorial, y el encuentro de Valsaín era el punto final.
—No me lo puedo creer —lamentó Elisabeth, mirándonos uno a uno—. Pues yo me retiro. ¿Habéis oído? Os dejo mi puesto.
—No digáis tonterías —cortó Tomás—. Eso que dices, Carolina, es una locura.
—¿Y tienes otra explicación? —respondió mi compañera con los ojos llorosos.
—Con lo de la editorial, ya podemos tener el motivo —seguí yo con mi reflexión— y responderíamos al porqué de los crímenes. Ahora nos faltaría el quién y el cómo.
Recibí nuevas y asustadas miradas. No les hice caso y proseguí con lo que, al menos a mí, me relajaba.
—¿Cómo es posible que, delante de todos, alguien haya matado a… —se me atragantó la voz— dos personas?
Silencio.
—Tenemos que buscar el cuchillo con el que han matado a Ramón —sentencié.
Capítulo 9
—Daniel, tú no estás bien de la cabeza —reventó Chema—. ¿Quieres que nos pongamos ahora a buscar un cuchillo? ¿Para qué?
Todos me miraban totalmente bloqueados; solo Tomás parecía estar viendo una oportunidad de mantenernos distraídos mientras pasaban las horas.
—Porque igual ese cuchillo nos da alguna pista —respondí.
—No perdemos nada —se animó nuestro profesor.
—¿Alguno ha traído alguno, o una navaja o algo parecido? —pregunté, sin saber de dónde estaba sacando la energía para liderar yo al grupo.
Las cuatro cabezas que tenía enfrente negaron a la vez.
—De haber alguno, será en la cocina —susurró Elisabeth.
Así que una vez más todos juntos nos fuimos a esa cocina y rebuscamos por todos los cajones y armarios. Todos los juegos de cubiertos que vimos estaban enteros y con el mismo número de cucharas, tenedores y cuchillos; no faltaba ninguna pieza. Pero no encontramos ningún cuchillo grande, de los que siempre hay en cualquier cocina, y sí el hueco y la funda donde debería estar guardado, así que nos vimos obligados a buscar ese que faltaba.
Decidimos ir entrando habitación por habitación para comprobar la inocencia de cada uno de nosotros. El plan funcionó hasta que llegamos al cuarto de Chema. Allí, debajo de la cama, Elisabeth localizó el cuchillo que debería haber estado en la cocina. Estaba manchado de sangre.
Nos quedamos petrificados, y Chema, del cual inconscientemente nos separamos un poco, más pálido que la nieve que caía en el exterior.
—Esto es imposible —se defendió—. ¡Alguien lo ha puesto ahí! ¡Eso no es mío!
Pero se desató el caos.
Carolina se puso a chillar. Elisabeth se quiso abalanzar sobre Chema y este, rápido de reflejos, empujó a Tomás para salir corriendo de allí. No reaccionamos hasta que se escuchó el ruido de la puerta de la calle. Había salido al exterior.
—¡No puede escapar!
Fui yo el que salió primero tras él, y acto seguido me siguieron los demás, lo que llevó a que pasara lo que no tenía que haber pasado: perdimos el orden.
Capítulo 10
Una vez en el nevado jardín, paramos unos segundos, cada uno tomó su propia decisión y nos perdimos de vista.
Yo opté por seguir lo que me parecieron las huellas de Chema, y hubiera jurado que alguien vino detrás de mí, pero no lo puedo asegurar porque iba muy concentrado en el supuesto rastro. Corrí por la nieve, no sé si persiguiendo al supuesto asesino o huyendo de la casa, hasta que el agotamiento me frenó. La cabeza me iba a reventar, me faltaba el aire y respirar fuerte me estaba congelando los pulmones. Intenté serenarme, pero me debí desmayar, porque no sé cuánto tiempo después me desperté solo, tumbado, cubierto de nieve y tiritando de frío. La tormenta me dificultó la orientación y además había borrado las huellas que debería haber dejado. Tras dar varias vueltas sobre mi posición, porque no reconocía el lugar donde había despertado, al final atisbé la silueta de la casa y fui hacia ella. Tenía que entrar en calor y volver a la seguridad del grupo.
A escasos metros de la entrada, tropecé con algo semienterrado. La caída la amortiguó la nieve y no dolió, pero descubrir que lo que había pisado era un cuerpo humano, me aterró. ¡Otro muerto! Me esforcé, sin resultado, en localizar a alguien que me acompañara en lo que tenía que hacer, así que, temblando, más por miedo que por frío, volteé el cuerpo para comprobar tres cosas: era el de Elisabeth; estaba muerta; no tenía que buscar la causa ni el arma de la muerte porque todavía tenía una rama clavada en el lateral del pecho, al lado del corazón.
¿Se habría caído y había sido un accidente?
Difícil creerlo porque allí no había nada de maleza… y por la evolución del fin de semana.
Chillé todo lo fuerte que pude, pero la ventisca no separó la voz de mi garganta más que unos metros. Sin saber cómo reaccionar, lo único que se me ocurrió fue retomar la iniciativa de volver al refugio de la casa; si no, el siguiente en morir iba a ser yo, pero de frío.
Al llegar y empujar la puerta de entrada, quise haber muerto antes.
Capítulo 11
Justo en el vestíbulo, y tumbada todo lo larga que era, identifiqué a Concha. Bocabajo,
soportando sin alterarse la entrada del gélido aire y sin reaccionar a mi presencia. Solo podía
estar inconsciente… o también muerta. Y estaba muerta. Una fractura abierta del lateral
derecho del cráneo, que casaba perfectamente con el tamaño del tocón de madera manchado
de sangre que descansaba a su lado, lo demostraba.
Creí que iba a desmayarme otra vez. Me daba la sensación de estar viviendo en una
terrible pesadilla de la que no acababa de despertar. Me abofeteé por si acaso, pero solo
conseguí aumentar, si aquello era posible, mi tremenda jaqueca.
Pensé en Tomás. Él y yo éramos los únicos que quedábamos vivos, y no tenía ni idea de
dónde podía estar Chema, porque la opción de que hubiera conseguido huir me parecía
imposible. Seguramente, ante la imposibilidad de escapar, decidió volver y seguir con sus
crímenes, eliminando a Elisabeth y a Carolina en el camino de retorno a la casa.
Pero, ¿qué debía hacer ahora? ¿Cómo podía comunicarme con Tomás sin que Chema se
enterara? No quería esconderme porque sería quedarme a expensas de la suerte y la
voluntad de un asesino, y, además, dejaría a mi profesor solo.
Sin mirarla, pasé por encima de Carolina y, pegado a la pared, seguí adentrándome en la
casa. Fui todo lo silencioso que pude y eso me permitió escuchar una tenue respiración en el
salón. Con movimientos dignos de una película americana, conseguí asomarme a la estancia
principal de la casa y vi que había alguien sentado en un sillón, de espaldas a donde yo me
encontraba. Agachándome, pude ver los pies de esa persona e identifiqué sin dudar las
botas Salomon que tanto me habían gustado y llevaba Chema. Asustado, agudicé el oído y
en la débil respiración reconocí un intento de habla. Chema quería decir algo, pero yo no
estaba dispuesto a escucharlo. Recuperé el tocón de madera que seguía allí tirado y me lancé
hacia él con la intención de adelantarme a cualquier movimiento suyo.
Capítulo 12
De un salto me planté delante de Chema, ya con el brazo en alto y a punto de golpear con la madera a quien yo consideraba el asesino de mis compañeros. Menos mal que no lo hice, porque la verdad es que tampoco hubiera hecho falta. Chema estaba agonizando, con el pecho claramente hundido por un fuerte golpe y sangrando por nariz y boca: alguien le había reventado las costillas y seguramente el esternón. En sus últimos instantes de vida, mi colega quería decir algo.
Cuando fui capaz de reaccionar, me acerqué a él. Solo le dio tiempo a abrir mucho los ojos, con terror, y a decir lo que yo entendí como un “hijo de puta”. Y murió delante de mí.
Hijo de puta. Había insultado a su asesino, pero no le dio tiempo a decir quién había sido.
Volví a acordarme de Tomás. No tenía ni idea de dónde podía estar mi profesor.
—¡Tomás! —chillé hacia el interior de la casa, buscando una prueba de vida.
No recibí respuesta alguna.
—¡Tomás! —insistí, temblando, aterrado y al borde de una crisis de ansiedad.
Me di la vuelta y me asomé al pasillo que daba a las habitaciones. Estaba vacío. No me atreví a moverme mucho más y un inesperado momento de lucidez creo que fue lo que me salvó la vida. Solo quedábamos en la casa Tomás y yo. En teoría, no había nadie más. Y si yo no era el asesino…
—¿Tomás? —susurré con miedo.
La visión de una sombra que se deslizó entre dos habitaciones me puso en alerta y mi primera reacción fue coger el cuaderno de escritura, que desde el primer día descansaba sobre la mesa del salón, y correr hacia la cocina para intentar escapar por la puerta de servicio que había visto previamente. Por desgracia, estaba cerrada con llave, así que no me quedó otra opción que refugiarme en el lugar desde el que os estoy escribiendo esta historia: un cuartito que hace la función de despensa y almacén, del que no se puede escapar, porque el único ventanuco que tiene es el que deja pasar la escasa luz que me permite escribir, y es demasiado pequeño para que pase por él el cuerpo de un adulto.
Capítulo 13
Tuve suerte de que el cuarto en el que me refugié podía cerrarse por dentro, y así lo hice nada más entrar. Parece mentira la seguridad que puede dar un simple pestillo, pero así fue. Saber que Tomás no iba a poder entrar libremente me tranquilizó.
Tenía que calmarme. La cabeza me iba a estallar y lo angosto de la estancia, toda llena de enseres y reservas de comida, me generaba más ansiedad si eso era posible. Al menos, comida no me iba a faltar.
Casi con sorpresa decidí escribir. A eso había venido a este retiro literario y eso iba a hacer. Siempre me ha calmado hacerlo y me ha permitido evadirme de una realidad que, en ese momento, no era nada halagüeña, así que era lo que necesitaba. Además, hacerlo me iba a permitir contar la verdad de lo que había pasado con mis compañeros. Aunque de una manera tan extraña, por fin iba a romper el bloqueo que me atenazaba desde hace días.
Pero ahora, mientras escribo y ya he llegado al momento actual, no dejo de estar atento a lo que pasa al otro lado de la puerta. Dudo que salga vivo de esta casa, aunque por lo menos voy a dejar testigo de todo lo ocurrido. Tomás no puede quedar impune de la encerrona a la que nos ha sometido, aunque lo que no entiendo son los motivos que le han llevado a cometer esta masacre. Por más que lo pienso, no lo entiendo, y eso deja sin respuesta una de las preguntas que acompaña a todo crimen: ¿por qué se comete?
Seguramente nuestro profesor padezca algún tipo de esquizofrenia que hasta ahora había pasado desapercibida, y este fin de semana han pagado mis compañeros, y es muy probable que, antes de que acabe el día, lo haga yo también.
No sé si él sabe dónde estoy. Seguro que sí porque habré hecho ruido al encerrarme. Yo, por mucho que afine el oído, no consigo escucharlo. Me lo imagino maquinando la forma de entrar a este almacén y acabar conmigo, o lo que es peor, esperando pacientemente a que sea yo quien decida salir y sorprenderme en ese momento. Desde luego, tiene todas las de ganar.
Capítulo 14
La escasa luz que entra por el ventanuco se extingue, y eso me agobia. Padezco de claustrofobia y, a oscuras, lo llevo peor. Me da la sensación de que la falta de luminosidad reduce también el oxígeno, porque me cuesta cada vez más respirar. Quiero pensar que es ansiedad, que todo está en mi mente, pero no sé si voy a aguantar así mucho más.
Estaba intentando calmarme y controlar el dolor de cabeza cuando he escuchado a alguien entrar a la cocina. Ha sido un ruido casi imperceptible, pero estoy seguro de que alguien, que quiere pasar desapercibido, ha llegado a esta estancia. Tiene que ser Tomás, no puede ser otro, y me da la sensación de que se acerca hasta apoyarse al otro lado de la puerta de la que yo inútilmente me intento alejar. Dejo pasar los segundos con la intención de que piense que aquí no hay nadie y se vaya, pero observo con terror cómo lo que hace es bajar muy lentamente el picaporte hasta llegar a la posición en que se debería abrir la cerradura. El pequeño pestillo metálico cumple con su cometido y la madera permanece cerrada; sin embargo, el movimiento se repite dos o tres veces más, todas con el mismo resultado.
Vuelve el silencio, lo cual no es bueno porque significa que mi profesor no se mueve del sitio donde está, y yo no voy a poder aguantar mucho más la tensión, ni el miedo. Intento no hacer ruido ni para respirar, lo que hace que introduzca menos oxígeno todavía a los pulmones, y eso me provoca los primeros mareos. Casi a rastras, me acerco hasta pegar la oreja a la fría madera y me imagino que él está haciendo lo mismo. Cada uno intenta averiguar qué hace el otro. Si me concentro, puedo escuchar su respiración, más lenta y calmada que la mía. Decido que no puedo seguir así y solo se me ocurre la opción de salir en tromba de este encierro para sorprenderlo, embestirlo y aprovechar para poder escapar, pero me levanto demasiado deprisa y el mareo se agudiza tanto que dejo de ver. Lo último que pienso antes de desplomarme es en mi triste final.
Capítulo 15
Siento primero la bofetada, y luego abro los ojos. El rostro de un policía está a escasos centímetros de mi cara.
—¡Por fin! ¡Se ha despertado!
Varios colegas suyos se arremolinan a mi alrededor. No entiendo nada. Si esto es el cielo, o donde quiera que vayan los muertos, jamás lo hubiera imaginado así. Intento moverme y me sorprende conseguirlo. Primero los pies, luego los brazos y, por último, y con mucho dolor, el cuello y la cabeza. Me toco la sien izquierda y palpo un vendaje.
—Es del golpe que te has dado —me aclara el policía—. Te habrá hecho perder el conocimiento.
Entonces empiezo a acordarme. ¡Tomás! El terror se debe reflejar en mi cara porque el policía vuelve a hablar.
—Están todos muertos, aunque imagino que ya lo sabes.
Asiento, intentando calmarme.
—¿Tomás? —consigo preguntar.
—El profesor —explica otro policía al grupo.
Abren un pequeño hueco entre ellos y veo el cuerpo de Tomás, tirado en postura imposible contra la pared de la cocina, con una hemorragia en la nariz y otra en el pecho, provocada esta última por un tenedor del que solo se ve el mango.
Entonces, no entiendo nada. Si Tomás está muerto, ¿había alguien más en la casa? ¿Algún loco que ha acabado con mis compañeros? Me empiezo a sentir fatal por haber culpado a Tomás y quiero pensar que yo me he salvado por haberme desmayado dentro del almacén en el que me escondía.
Los policías me ayudan a levantarme y me sientan con cuidado.
—Espera aquí a que vengan los sanitarios —me dicen.
Mientras lo hago, voy recordando todo y no dejo de hacerme una pregunta.
—¿Quién os ha avisado? —le digo al policía que se queda a mi lado.
—Tu profesor —me sorprende—. Consiguió mover el coche y coger cobertura con un teléfono que tenía en él.
O sea, que la desaparición de Tomás fue la que me hizo culparle y a la vez la que me ha salvado la vida. Es horrible, pero ahora solo puedo esperar a que los policías terminen su trabajo y me saquen por fin de esta horrible casa que nunca olvidaré.
Capítulo 16
Espero con paciencia mientras observo a los profesionales trabajar. Han montado el centro de mando en la cocina y eso me permite ver el trajín de muestras y pruebas que van recogiendo y analizando para poder entender lo que allí ha pasado. No creo que se hayan encontrado nunca con una matanza tan horrorosa, y eso seguramente les hace ser tan minuciosos. Lo que me sorprende es que no me hagan más preguntas, porque es evidente que cada vez me encuentro mejor y podría responder sin problemas. Además, siempre he escuchado que los testimonios tempranos son más fiables que los que pueden tergiversarse por la imaginación, y yo soy el único testigo que tienen de lo que ha pasado.
Según pasa el tiempo, que a mí se me hace eterno porque estoy deseando volver a Madrid, me empieza a sorprender que cada vez son más los policías que me miran, primero disimuladamente, pero luego incluso con descaro y sin importarles que yo sepa que lo están haciendo. Cada vez entiendo menos la situación y la falta de atención que están mostrando hacia mí, y lo peor es cuando veo que llegan los servicios sanitarios y, lejos de atenderme, lo que hacen es ir sacando los cadáveres una vez tienen el permiso de otra persona, vestida de traje, que debe ser un juez.
Un segundo policía se coloca al lado del que ya me acompañaba.
—¿Pasa algo? —me atrevo a preguntar.
Ninguno de los dos me responde. Estos dos, a diferencia de sus compañeros, ni me miran.
—¿No me va a ver un médico?
Tras dudar un momento, al fin uno de los policías me responde.
—Estamos esperando al especialista.
¿Al especialista? Lo que me empieza a dar miedo entonces es que mi golpe de la cabeza sea peor de lo que yo había imaginado y estén esperando a esa unidad especializada que, será diferente a las que ya han llegado. Vuelvo a mover pies y manos para asegurarme de que no tengo daños neurológicos graves.
En ese momento se acerca el primer policía que me atendió y me coloca unas esposas en las muñecas.
—Estás detenido. ¿Conoces tus derechos?
Capítulo 17
—¿Qué? ¿Detenido? ¿Estáis locos?
—Haz el favor de estarte quieto y todo irá bien —me dice el que me ha colocado las esposas.
Vuelvo a tener el corro de policías alrededor, aunque esta vez detecto odio en vez de compasión. Dolorido y con las manos inmovilizadas, opto por dejarles hacer y esperar a que se aclare tan grave error. Son ellos los que me alzan casi en volandas y me llevan al salón, donde me sientan delante del hombre trajeado que parece mandar allí.
—Verá —le digo en cuanto me sueltan los policías—, no sé qué ha pasado, pero yo no he hecho nada.
El hombre del traje suspira, se acerca otra silla y se coloca frente a mí; demasiado cerca.
—Soy el juez Yagüe, del juzgado de Segovia —se presenta—. Está usted detenido por el asesinato de seis personas. ¿Es consciente de la gravedad de lo que se le acusa?
—¡Yo no he hecho nada! —insisto—. Soy una víctima de todo esto. ¿Cómo es posible?
El juez señala varios objetos que hay sobre la mesa del salón, todos ellos guardados en bolsitas herméticas de plástico. Reconozco todos y cada uno de los utensilios usados para asesinar a mis compañeros.
—Tienen todos sus huellas —me dice.
¿Mis huellas? Eso es imposible. Yo no he tocado ninguno de ellos. Empiezo a entrar en pánico por lo que está pasando. Entonces recuerdo que lo que sí cogí fue el tocón de madera con el que mataron a Carolina, y que quise usar para defenderme de Chema.
—Solo cogí ese —digo, señalándolo con la cabeza—. Creía que Chema era el asesino y tenía que defenderme.
—Y el cojín de Jeanine, el cuchillo de Ramón, el palo de Elisabeth y el tenedor del profesor, además de dejar contaminado de cabellos suyos el pecho hundido de Chema.
No me da tiempo a reaccionar cuando un policía se acerca al juez.
—Ya ha llegado —le dice.
El interpelado suspira, me mira con dureza y con malestar me deja, por fin, delante de un médico. Mi tranquilidad se evapora rápidamente cuando veo en el pecho del galeno la etiqueta que lo identifica como psiquiatra. Ese es mi especialista.
Capítulo 18
—Tiene un TID.
Sin importarles que los escuche, el psiquiatra y el juez están hablando a mi lado.
—Explíquese —protesta el jurista—, que no está la noche para adivinanzas.
—Trastorno de identidad disociativa. A lo mejor lo entiende mejor si le digo que es un tipo de amnesia en la que la persona a veces no es consciente de lo que hace.
—Me quiere decir que se los ha cargado… ¿Y no se acuerda?
El psiquiatra me mira, quizá para explicarme a mí también, y asiente despacio.
—¡Vamos, no me joda!
Aun en la situación en la que me encuentro, me extraña el exabrupto del juez.
—¿Asegura usted que este tipo ha sido capaz de matar a seis personas, sin ser consciente de ello?
—¿Ha leído usted Jekyll y Mr. Hyde?
—No me hace falta para saber que eso es ficción.
—Es real, créame —sigue el psiquiatra—. Estos enfermos sufren procesos en los que doblan la personalidad, y lo peor es que una identidad no sabe, ni se acuerda, de lo que hace la otra. Este señor es uno; a saber quién es el otro.
—Ya, ¿y cambia así de fácil de uno a otro?… Ahora soy un asesino, ahora soy normal.
El juez está desesperado y lo manifiesta sudando profusamente.
—Son procesos en los que se empiezan a sentir mal, generalmente sufren fuertes dolores de cabeza y llegan a perder el sentido. Cuando despiertan, no recuerdan nada de lo que ha pasado durante su desdoblamiento de personalidad. Alguno aparece en sitios a los que no recuerda haber ido. Le puedo contar el caso de…
—¡Cállese! —le interrumpe el juez, que me mira de una forma que estoy seguro que si pudiera, me rompería la cara de una bofetada—. Que se lo lleven —ordena a los policías—, y ya veremos qué hacemos con él.
Yo estoy tan sorprendido como todos los que han escuchado la explicación del psiquiatra, por eso me dejo coger y llevar sin resistirme. Curiosamente, me sacan de la casa por la cocina y veo a otro policía, absorto, leyendo las páginas del cuaderno que había dejado dentro del almacén. Parece que, al menos, he conseguido escribir una pequeña novela.