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Ficción por capítulos publicada en Redes Sociales

Capítulo 1

Jamás imaginé que el ansiado retiro de escritura al que por fin asistía lo iba a terminar así: encerrado en un pequeño y mal ventilado almacén, escribiendo esta historia a mano en el cuaderno en el que solo pensaba tomar notas, y sabiendo que, lo más probable, es que no salga vivo de aquí; demasiado habré podido hacer si consigo terminar de contar lo que ha pasado en este fatídico fin de semana antes de que mi voz sea finalmente silenciada, igual que ha sido la de mis compañeros.

Llevo un rato escondido y sé que no se ha ido. Me debe estar buscando porque soy el único que puede contar la verdad. Por eso escribo todo esto, para que si no consigo salir vivo de esta casa, alguien encuentre y lea este cuaderno. Así, el asesino no quedará sin condena que cumplir. Debe pagar por tanto horror.

Pero se está acabando el día y la escasa iluminación que entra por el ventanuco de este cuartucho va perdiendo fuerza. Sin ella, no podré escribir, y si no lo hago, el sufrimiento y la agonía de estos dos días no habrá valido para nada. Por eso busco posturas imposibles en las que la luz alcance las rayadas hojas del cuaderno y yo pueda seguir deslizando el bolígrafo sobre el papel. Ahora me arrepiento de haberme dejado llevar por la comodidad del teclado del ordenador para escribir mis libros. Si hubiera escrito más a mano, no estaría realizando tanto esfuerzo para que mi letra sea al menos legible, y avanzaría más rápido en la narración de la historia que debo contar. Pero es lo que hay, y no puedo dejarme llevar por la desesperación. Tengo que seguir escribiendo antes de que me encuentre.

La única oportunidad que veo para salir vivo de aquí es que, si no me localiza, llegue a pensar que he conseguido escapar y decida huir él antes de que yo dé aviso a la policía. Si no tengo esa suerte, sé que no parará hasta eliminar al único testigo que puede delatarlo. Lo tenía todo bien preparado, y he quedado como la nota discordante que desafina en su melodía; mala situación.

Capítulo 2

Según voy escribiendo, me siento raro porque, por primera vez en mi trayectoria literaria, tengo muy claro el argumento del relato que quiero contar. Esta vez el esfuerzo al que me enfrento no es imaginar, ni dar coherencia a la trama. Ahora no tengo miedo al bloqueo ni al folio en blanco; lo que quiero escribir, ha sido real. Por desgracia, lo acabo de vivir. Sin embargo, lo que se me está haciendo difícil es no acelerarme y poner pausa al torrente de palabras que brotan de mi mente y debo ordenar antes de que lleguen al papel, y esto nunca me había pasado.

Me duele mucho la cabeza. Han sido dos días terribles en los que la tensión ha ido yendo cada vez a más hasta llegar al punto insostenible actual, y temo que eso me impida ser fiel a la realidad. Hay momentos de los vividos, los más terribles, que tengo en nebulosa y me cuesta recordarlos, pero tengo que hacer un esfuerzo porque no quiero perderlos, y no puedo dejar que se desvirtúen víctimas de esa mente de escritor de novela que mi profesor tanto se ha esforzado en cultivar. Esta vez tengo que escribir una crónica periodística más que una ficción. Con que me limite a ordenar y ser fiel a mis recuerdos, habré logrado el objetivo.

Por eso creo que, a pesar de la urgencia, tengo que empezar a escribir por el principio, por el momento en que seis amantes de la literatura y aspirantes a escritor nos animamos a participar de este retiro literario, sublime colofón a un año de clases y empujón final a nuestros anhelados y trabajados proyectos de novela. Llegamos aquí con el material generado durante el curso y debíamos salir con el andamio de nuestro futuro libro ya construido y a la espera de la valoración editorial. ¡Qué ilusión! Y qué decepción. Ahora solo espero que, a futuro, cuando alguien encuentre este cuaderno, la verdad de lo pasado sea tan impactante que se haga justicia con los que llegamos aquí soñando ser escritores, y salimos siendo personajes secundarios de una simple novela negra.

Capítulo 3

La convocatoria de las jornadas se publicó en las redes sociales de la Escuela de Escritura: “Disfrutando de un fin de semana literario en la Sierra de Madrid. Lectura, escritura y naturaleza: lo necesario para culminar tu trabajo en la Escuela”.

Ninguno de los seis alumnos que llevábamos todo el año compartiendo la tarde de los jueves lo dudamos. Tomás, nuestro profesor, nos confirmó su asistencia y nos apuntamos a las jornadas todo el grupo. No encontramos mejor opción para terminar nuestros manuscritos y tener el material con suficiente calidad para poder llamar a nuestro proyecto, por fin, novela.

Así que un gélido viernes de diciembre nos plantamos aquí Ramón, Chema, Elisabeth, Jeanine, Carolina y un servidor, todos ansiosos por disfrutar del atractivo fin de semana y recibir las últimas instrucciones de Tomás. El lugar elegido por la Escuela fue un idílico y aislado alojamiento rural del Valle de Valsaín, lejos de cualquier distracción, y ahora sé que de cualquier ayuda. En ese momento nos pareció el enclave ideal para un grupo de imaginarios ganadores del premio Planeta que teníamos que dar el empuje final al libro que nos iba a catapultar, al menos, al mercado editorial.

Fuimos citados aquí con el consejo de venir en el autobús de línea, ya que se preveían fuertes nevadas y eran días peligrosos para coger el coche. Por eso llegamos todos a la vez. El mismo Tomás nos recibió y nos dio la sorpresa de que íbamos a estar solos; el resto de alumnos de la Escuela había anulado la asistencia por el temporal en ciernes. ¡Qué valientes nos sentimos! 

La nieve ya estaba cayendo con fuerza cuando Tomás nos fue repartiendo por las pequeñas habitaciones individuales que tenía previamente asignadas. A mí me ubicó entre la de Chema y Jeanine. Recuerdo, al instalarme, las ganas que tenía de empezar con los últimos retos y retoques literarios, por eso, rápidamente y sin colocar la ropa, saqué el cuaderno y el bolígrafo y me fui directo al salón donde íbamos a trabajar.

Capítulo 4

Cuando nos volvimos a reunir todos, iniciamos la tarde del viernes como niños pequeños: ilusionados, excitados, deseando empezar a escribir y a corregir, pero Tomás decidió descansar, y eso nos obligó a calmarnos y aprender a esperar.

—Aprovechad para avanzar en vuestras novelas —nos dijo—. Podéis hacerlo en soledad o acompañados, lo que prefiráis, y ocupad el espacio que queráis dentro de la casa; ya sabéis que estamos solos y fuera, con la que está cayendo, no se puede salir.

Él se retiró y nosotros nos quedamos confusos. No era el inicio de las jornadas que habíamos esperado, pero, al fin y al cabo, el de escritor es un oficio solitario que termina compartiendo el resultado final de muchas jornadas en silencio. Yo decidí volver a mi habitación y afrontar lo que solo yo sabía que me pasaba: tenía un bloqueo brutal y no era capaz de avanzar en mi novela, y eso me estaba generando un fuerte dolor de cabeza, por lo que dejé el cuaderno en el salón y estuve tumbado sobre la cama intentando organizar mis ideas. Por supuesto, me quedé dormido, porque mi siguiente recuerdo fue despertarme agitado y sudoroso; seguramente había estado soñando con alguno de los personajes de la novela, a veces me pasa e incluso me ayuda a desarrollar las tramas.

Nervioso, y lamentándome de no tener el cuaderno a mano, volví al salón para anotar alguna idea y, sobre todo, contagiarme del seguro avance de mis compañeros. Fui el penúltimo en llegar.

—¡Hombre, Daniel! —dijo Tomás—. Ya era hora, ¿no? Estamos hambrientos.

La mesa llena de exquisitos embutidos y las copas de vino sin tocar atestiguaban que nadie había empezado todavía a cenar.

—Bueno, falta Jeanine —dijo Carolina.

—Pues, o viene ya —intervino Ramón—, o yo empiezo, ¡que no puedo más!

El gesto de asentimiento de los demás obligó a Tomás a pedir a Elisabeth que fuera a buscar a nuestra compañera, lo cual hizo al momento.

Elisabeth desapareció por la oscuridad del pasillo y dos minutos después, un grito nos levantó a todos de la mesa.

Capítulo 5

—¡Está muerta!

Salimos en tropel del comedor y nos agolpamos en la puerta de la habitación de Jeanine. Todos queríamos pasar, pero ninguno se atrevió a hacerlo. Solo Elisabeth, que había llegado antes, estaba arrodillada en mitad de la estancia, llorando desconsoladamente. Jeanine, tumbada encima de la cama sin deshacer, estaba pálida y no respiraba. El pelo revuelto, la ropa arrugada, los papeles de su novela desperdigados por el suelo y un cojín deformado con la marca de su rostro parecían la prueba evidente de que había sido ahogada. Nuestra compañera había sido asesinada.

—¡Hostia! —fui yo quien reaccionó, acercándome con miedo a intentar tomarle el pulso—. Está muerta —reafirmé lo que había chillado Elisabeth.

—Hay que avisar a alguien —exclamó histérica Carolina—. ¡Hay que llamar a la policía!

Al instante fuimos a echar mano de nuestros móviles y recordamos, todos a la vez, la premisa principal del retiro literario: nada de teléfonos que nos distrajeran. Los habíamos dejado en Madrid.

—Pero… aquí habrá fijo, ¿no? —preguntó Chema. Y ante un supuesto líder, como debía ser Tomás, insistió—. ¡Tomás! ¡La policía!

Nuestro aturdido profesor abatió su postura.

—No hay teléfono. No hay nada. Esta casa la elegimos precisamente porque no ofrece distracción alguna. 

—¡Pues vamos al pueblo! —chilló Ramón.

Sin deshacer el grupo, fuimos a la entrada y, por segunda vez aquella noche, nos agolpamos todos en una puerta. El panorama en el exterior fue igual de bonito que desolador. Había caído tal nevada que se hacía imposible coger el único coche que estaba allí aparcado: el de Tomás.

—Hostia —parecía que era lo único que sabía decir yo aquella noche.

—Vamos a calmarnos —por fin Tomás pareció asumir la iniciativa—. Volvamos al salón y pensamos qué hacer.

—Pero… ¿Y ella? —sollozó Elisabeth recordando a nuestra compañera muerta.

—Cerramos la habitación y no entramos ninguno —dirigió Tomás—. Y no nos separemos tampoco —añadió—, no sabemos si hay alguien aquí con nosotros.

Capítulo 6

En ese momento no entendí por qué Tomás pensó en un asesino externo al grupo, en alguien que podía estar en la casa y a quien no habíamos visto ninguno. Ojalá hubiera despertado en ese momento mi imaginación de escritor de novela negra para haberme adelantado a todo lo que pasó después, pero no lo hice.

Después de aislar el cuerpo de Jeanine volvimos al salón, pero ninguno cenó. Fue Tomás el que abrió la botella de vino y entonces sí, buscando el efecto relajante del alcohol, le seguimos todos. Dos copas después recuperamos el habla y analizamos la situación. Estaba claro que no podíamos hacer nada más que esperar a que pudiéramos coger el coche, o que alguien viniera a rescatarnos, cosa del todo improbable, porque ir andando hasta el pueblo estuvimos de acuerdo en que era una locura. Decidimos, a instancia mía, apagar la calefacción del cuarto de Jeanine para que se conservara mejor el cadáver. Todos estuvimos de acuerdo y fue Tomás el que fue a bajar el termostato. Luego, sin saber qué más hacer, y sin ninguna gana de escribir, aguantamos casi sin hablar hasta que llegó una hora tan tardía que debíamos retirarnos a dormir, aunque ninguno parecía tener intención de hacerlo.

—Aquí no nos vamos a quedar toda la noche —esta vez fue Ramón el que propuso el plan—. Si os parece, vamos a pasar por todas las habitaciones y, cuando nos aseguremos de que están vacías, al que le toque que se encierre y ya no salga hasta mañana. Nos podemos volver a reunir, por ejemplo, a las ocho; salimos todos a la vez y volvemos directos al salón.

La idea nos pareció bien, y así hicimos. Progresivamente, y con más miedo que otra cosa, nos fuimos repartiendo por las habitaciones. A mí, verme allí encerrado, me tranquilizó algo.

—Aprovechad para escribir —nos sorprendió Tomás—. No será bueno que estemos dando vueltas a la muerte de Jeanine —aclaró—. Así os distraéis.

Dudo mucho que alguno lo hiciera. Yo, desde luego, no cogí ni el cuaderno. 

Por la mañana acudimos a la cita… Todos menos uno.

Capítulo 7

—¿Y Ramón?

—¿Se habrá dormido?

Nos extrañaba que precisamente nuestro ideólogo incumpliera lo pactado.

—Fue el último en llegar a su habitación —dijo Chema, vecino de cuarto del ausente.

—¿Le has oído esta mañana?

Ante la negativa de Chema, asumimos que nos tocaba ir a despertarlo. Con el miedo en el cuerpo, partimos en comitiva desde el salón hasta una de las habitaciones más alejadas de este. Llamamos a la puerta y, al no obtener respuesta, nos tocó abrirla sin permiso. La visión del interior nos heló más que lo hubiera hecho la nieve externa. Ningún chillido, ningún lamento, solo un silencio sepulcral acompañó a la imagen de Ramón tirado en el suelo, bocabajo y rodeado de un charco de sangre que había brotado de su abdomen. Otro asesinato.

Chema, ilógicamente incrédulo, empujó con el pie el cuerpo inerte.

—Tieso —fue lo único que dijo después.

Todos nos giramos hacia Tomás buscando en el responsable de aquel encuentro qué hacer. Si alguno podía tener dudas de que lo de Jeanine no había sido una muerte natural, la estampa de Ramón desangrado despejaba toda incertidumbre.

Nuestro profesor, sorprendentemente tranquilo, reaccionó quizá de la única manera que lo podía hacer.

—Vamos a hacer lo mismo que con Jeanine —explicó—. Quitamos la calefacción, cerramos la puerta y dejamos todo sin tocar hasta que pueda venir la policía.

—¿Pero, nadie ha oído nada? —pregunté, sin mucha ilusión de respuesta.

Nadie. La noche había sido tranquila para todos y nos había ayudado a olvidar la primera muerte. 

—¿Seguro que no hay nadie más en la casa?

Fue Carolina la que preguntó directamente a Tomás.

—Que yo sepa, no.

—Entonces, ¿el asesino es uno de nosotros? 

La pregunta lanzada por Chema destapó lo que todos estábamos pensando.

—No digas tonterías —cortó Tomás—. De todas maneras, vamos al salón y permanezcamos todos juntos; solo así estaremos seguros. En algún momento tendrá que dejar de nevar y podremos ir al pueblo a denunciar lo que ha pasado.

Capítulo 8

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 14

Capítulo 15

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Capítulo 16

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 17

Capítulo 18

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