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Dieciséis años

  • Foto del escritor: Daniel Carazo
    Daniel Carazo
  • 4 feb
  • 4 Min. de lectura

Nuestros caminos se unieron un dieciocho de enero, da igual el año.

Yo venía de una existencia que pensaba buena, cuando ella llegó al mundo para demostrarme que podía ser mucho mejor.

Si pudiera retroceder en el tiempo, haría mucho más solemne el primer momento en que la vi. Como en muchas otras primeras veces, en aquella ocasión tampoco supe apreciar lo que significaba. Pequeña, chillona, inquieta; es cierto que enseguida la quise, pero nada que ver con lo que llegué a quererla después.

Dicen que creció a mi lado. Yo creo que crecimos juntos. A su lado aprendí muchas cosas que pensaba sabidas; si tuviera que destacar algo, diría que, tantos años después, me enseñó de nuevo a jugar.

Su presencia llenaba todo, y a todos. Ante ella nadie permanecía impasible, ni el más ajeno a su mundo, el más firme o el más reacio a mostrar sus sentimientos. Nadie. Siempre acababa generando una sonrisa, una carantoña, una muestra de amor.

Nunca me perdonaré no haber disfrutado más de ella, con ella, porque por desgracia somos así: creemos que pensamos en los demás, pero en realidad lo nuestro siempre es lo importante; somos egoístas por naturaleza.

La convivencia no siempre fue fácil. Pasamos por muchas situaciones en las que el entendimiento no fue bueno, sobre todo al inicio, cuando era yo quien debía liderar la relación. Imposiciones, enfrentamientos, retos, subordinaciones a lo que yo entendía como el orden a respetar y ella como normas absurdas listas para incumplir. También llegaron las enfermedades. Jamás olvidaré aquel extraño virus que la postró a los pocos meses de nacer y me tuvo a su lado día y noche. ¡Qué miedo a perderla! Tampoco, años después, la depresión que me desbordó y que nadie, excepto ella, entendió; respetó el silencio y aguantó conmigo hasta asegurarse de mi recuperación.

A medida que ella crecía, nuestros papeles se fueron intercambiando. Ella maduraba más rápido y mejor que yo, que, inconscientemente, con la edad me fui haciendo cada vez más dependiente de su presencia. Cuando me quise dar cuenta, de renegar de su rebeldía pasé a sentir que, si no estaba a mi lado, algo no iba bien. De cuidarla, pasé a ser cuidado. Y no me di cuenta de ello. Yo seguía viéndome como el líder, el ejemplo a seguir, el espejo en el que se miraba. ¡Qué equivocado estaba!

Pero cuando mejor estábamos, cuando nuestra relación estaba más equilibrada y el disfrute y los cuidados eran mutuos, llegó el temido momento en el que se tuvo que ir. Dieciséis años son pocos para compartir, sobre todo cuando no los saboreas intensamente desde el principio y pierdes varios mirando más por ti que por los dos. Porque ella se fue con dieciséis, y lo hizo para no volver. Para un hombre de cincuenta y tres, dieciséis años son pocos, muy pocos, menos de un tercio de lo vivido; para alguien que se va a los dieciséis, esa ha sido su vida.

Supe que la perdía unos meses antes de la partida. Las señales empezaron a ser evidentes y los profesionales me avisaron de que el terrible momento se acercaba, que era irremediable y que solo quedaba llevarlo lo mejor posible; los dos. Entonces me volqué en ella. Intenté darle todo lo que necesitaba y lo que sentía que me había faltado hasta ese momento. Abandoné mi vida y la prioridad pasó a ser su bienestar, aunque hubo gente a mi lado que no entendió dicha actitud. Nuevamente fue ella la que me enseñó. Asumió con naturalidad el declive y trató de actuar como si nada pasara, y así siguió hasta que no pudo más, hasta que las fuerzas le fallaron y, entonces sí, pasó a ser plenamente dependiente de mí.

Yo la hubiera mantenido toda la eternidad. Era tal el miedo que sentía a no tenerla que no podía pensar en la despedida, en dejarla descansar. No me costaba el esfuerzo y no escuchaba a los que me decían que tenía que permitirle ir. ¡Qué sabrían ellos si no habían recibido tanto como lo había hecho yo! Se merecía todo, y yo quería darle todo. Hasta que un día su mirada me hizo comprender.

Nuevamente el egoísmo, igual que cuando era pequeña, me estaba impidiendo ver la realidad. ¿En quién estaba pensando? Esa mirada me contestó: en mí. Ella sabía que había llegado el final, quería irse, pero aguantaba porque yo no estaba preparado para la separación. Necesitaba que yo lo entendiera, que aceptara la realidad y, sobre todo, que priorizara su bienestar. Me necesitaba para irse y, con paciencia infinita, estaba esperando que yo lo asumiera.

Sus ojos tranquilos, sinceros como siempre, fueron los que me pidieron ayuda, y los que me hicieron comprender que era la última que le podía dar. Tenía que pasar por encima del dolor que me iba a desgarrar con tal de que ella quedara en paz. Y lo decidí. Por ella, y por mí.

Lola, mi pequeña Lola, dejamos de andar juntos dieciséis años después. Tú te fuiste al edén de los perros y yo me quedé en el mundo de los humanos. Nadie me ayudó en la tristeza posterior como lo hubieras hecho tú, y fue el recuerdo de lo vivido el que me acabó sacando, una vez más, de la depresión. Incluso sin estar, he vuelto a depender de ti.

 
 
 

1 comentario


Carmen Patiño Barquero
Carmen Patiño Barquero
12 feb

Solo podemos entenderlo los que hemos pasado por eso , Daniel.Tu Lola está con mi Lola , corriendo en el cielo de los perritos...

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