top of page
Buscar

Regreso al pasado

  • Foto del escritor: Daniel Carazo
    Daniel Carazo
  • 7 dic 2024
  • 10 Min. de lectura

Escucho algo. ¿Es música? Me extraña, pero sí: es música, aunque no la apropiada para despertar. El caso es que me parece reconocer la canción. Me concentro en abandonar el sueño de una manera pausada, sin dejarme llevar por el ritmo tan acelerado de esta. Lo lógico sería que hubiera sonado algo elegido específicamente para esa hora del día, y para mí; el mecanismo automático nunca falla: monitoriza durante la noche mis niveles de cortisol y serotonina, los combina con lo que tenga programado en la agenda del día, y me despierta con algo más apropiado, seguramente más relajado y, sobre todo, generado en ese instante para optimizar bioquímicamente la activación de mi organismo y disfrutar así de las mejores sensaciones al iniciar el día.

La cuestión es que lo que oigo, lejos de alcanzar el objetivo buscado —porque resulta demasiado estridente y fuera de lugar—, me sigue queriendo recordar algo.

Sigo escuchando, todavía con los ojos cerrados, aunque ya plenamente lúcida.

Baby, no me llame, que yo estoy ocupá…”

¿Quién cantaba esto? Es de otra época, música antigua, pero yo lo he escuchado antes, estoy segura.

Hoy salgo con mi baby de la disco coroná…”

¡Eso lo tarareaba mi abuela! Sí, estoy segura, el recuerdo que me trae es de mi abuela, con su melena blanca y, a pesar de sus dolores, bailoteando en la cocina mientras preparaba aquel plato que tanto me gustaba comer en verano.

Y ando despechá, oah, alocá…”

¡Rosalía! ¡Eso es! Tiene que ser aquella cantante del inicio del milenio. A mi abuela le encantaba y, cuando estaba contenta, se arrancaba con esas canciones que se sabía de memoria.

Mira qué fácil te lo voy a decir. Que esta motomami ya no está pá ti…”

Ahora estoy segura. Es Rosalía. De hecho, recuerdo que la estudié en las clases de Historia de la Música como un fenómeno social que revolucionó masas. Pero ¿por qué la escucho ahora? Está totalmente fuera de lugar.

Abro los ojos. No veo la cabina de ozono donde me acosté para la regeneración celular nocturna. ¿Dónde estoy entonces? No lo entiendo. Es una habitación abierta y estoy tumbada encima de una cama, como se hacía antiguamente. Y la música… no es sonido ambiental, viene de algún lugar concreto, al lado derecho de mi cabeza. Me giro y veo el aparato donde se origina: fino, rectangular, negro, emitiendo insistente y machaconamente la voz de Rosalía. Lo cojo con cuidado. ¡Es un móvil! No me lo puedo creer. Un móvil como los de antes, de los que se tenían que llevar constantemente encima… ¡Un móvil como el que todavía tenía mi abuela!

Al tocarlo compruebo que, además de sonar, vibra, lo que me da cierta impresión y casi provoca que se caiga al suelo. Cuando consigo cogerlo con más firmeza veo que se ilumina la pantalla y surge un icono que propone la opción de “apagar el despertador”. No sé exactamente lo que es, pero lo toco y por fin, Rosalía se calla. ¡Qué paz! Momentánea, porque aparecen al instante un montón de mensajes en la pantalla que estaban almacenados en algo que se llama Centro de Notificaciones. Tampoco sé exactamente qué es. Voy tocando esos mensajes y se abren unas aplicaciones que identifico como las antiguas Redes Sociales: Instagram, Tick Tok… incluso Facebook. Las analicé cuando estudié Historia de las Comunicaciones: una asignatura de la Universidad que, por cierto, siempre comentaba con mi abuela. Algo me lleva a ponerme el viejo móvil delante de la cara e ir abriendo cada mensaje con un toque del dedo índice para desplazar con el pulgar el contenido al que dirigen realizando movimientos mecánicos de abajo hacia arriba que no sé dónde he aprendido a hacer. La información de cada mensaje no me interesa lo más mínimo, aun así, paso un buen rato mirando diversas tonterías hasta que soy consciente del tiempo que estoy malgastando y, con fuerza de voluntad, consigo dejar el móvil de nuevo en la mesita de al lado de la cama.

Me siento y trato de averiguar qué es lo que está pasando. Debería estar saliendo de la cabina de regeneración celular y hoy tenía programada, a primera hora, la colaboración con el grupo que organiza la ampliación los servicios sociales a los mayores de cien años; la esperanza de vida actual ha hecho que el límite anterior de ochenta se haya quedado corto y los centenarios reclaman, con razón, excursiones y actividades que les distraigan. Sin embargo, me encuentro en una habitación que, aunque siento familiar, desconozco, y lo más interesante es que no estoy asustada. Entonces caigo: se ha programado la cabina de regeneración celular para experimentar una regresión temporal; todos debemos hacerlo cada cierto tiempo con el fin de conocer el modo de vida de nuestros antepasados y, así, aprender de los errores que casi los llevaron a la extinción. Decido entonces dejarme dirigir por la experiencia inmersiva; tampoco tengo otra opción.

Salgo del cuarto en el que estaba durmiendo, me aseo convenientemente y cojo automáticamente de nuevo el móvil para ir a desayunar. Preparo algo de fruta, un café con leche y, sin sentarme, me los tomo mientras enciendo el aparato y vuelvo a consumir mecánicamente contenido, otra vez desplazando involuntariamente el pulgar de abajo hacia arriba. ¿Por qué lo hago, si no me interesa? Habitualmente me hubiera tomado la bebida energética que hubiera tocado este día, perfectamente formulada para mi sistema inmune y metabólico, y no hubiera perdido nada de tiempo con este contenido basura que no aporta nada. Desperdicio más de media hora hasta que consigo desconectar mi mente de la pantalla del móvil y seguir con la actividad diaria.

Antes de salir de casa me sorprendo al colocarme unos auriculares en los oídos y volviendo a trastear en la pantalla del móvil para escuchar música. Nuevamente la que suena no es la adecuada para mi estado de ánimo, ni para el día que debo afrontar, sino otra que surge aleatoriamente y que no cuida para nada mi equilibrio anímico ni mental: igual escucho algo movido y bailable, como que a continuación le sigue una balada triste y deprimente. Incomprensible. De todas maneras, ya en la calle, lo que más me agobia es que con esta monopolización auditiva no puedo disfrutar del ambiente al que estoy acostumbrada: los pájaros, el agua del arroyo correr, las hojas mecerse con el viento; sonidos de una naturaleza que habitualmente rodea los edificios de cualquier ciudad. Levanto la vista del móvil para, al menos, intentar visualizar esa naturaleza, pero hoy solo veo edificios, y un pequeño trocito de cielo gris entre dos de ellos.

Sin hablar con nadie, y eso que me cruzo con multitud de gente, llego a una estrecha calle donde abro y monto en un vehículo que tengo que conducir yo misma, y que al encenderlo hace un ruido tremendo: es un coche; me horroriza descubrir que mezcla la energía eléctrica con la combustión de gasolina para funcionar. ¿Cómo es posible? ¿Y el aprovechamiento de las energías renovables? Consciente de que estoy en la experiencia inmersiva sigo con mi rutina y paso más de una hora metida en ese vehículo, rodeada de otros que, igual que el mío, están ocupados únicamente por una persona. ¡Cuánto desperdicio de energía!

Por si hubiera escuchado poca música, al arrancar me encargo de trasladar el sonido que recibía a través de los auriculares directamente a los altavoces del coche. Es agotador, y el viaje empeora porque me muestra lo peor de muchos de los conductores con los que comparto atasco: pitidos, insultos, intentos de ser más rápidos y hábiles que el de al lado para ganar escasamente un par de metros de ventaja… Una locura. ¿Cómo se puede sufrir esto cada día? Benditos Vagones Colectivos en los que normalmente viajo a diario y que, funcionando exclusivamente con energía solar, recorren los itinerarios de la forma más eficiente posible según las necesidades marcadas por los viajeros.

Llego a mi destino, donde está mi puesto de trabajo, y asumo que hoy todavía no he visto lo peor. Tras esmerarme en buscar un hueco para dejar el coche —lo que añade otra media hora al total del desplazamiento—, accedo al interior de un enorme y opaco edificio que aloja en su interior multitud de locales más pequeños. Allí, el sonido es terrible. No hace falta colocarse de nuevo los auriculares porque ahora la música sí que es parte del ambiente. La contaminación lumínica acrecienta el malestar y la sensación de estar respirando un aire artificial, con temperatura y humedad excesivamente controladas, genera unos ahogos terribles. Estoy en un Centro Comercial y, en una de las tiendas que allí cohabitan, paso casi diez horas sin parar de atender, colocar, reponer, limpiar y todo lo que un encargado, sin preocuparse de lo que realmente se me da bien hacer, me ordena. ¿Nadie es consciente de que este sistema, aparte de inhumano, no es eficaz? A diario, yo trabajo en una tienda que oferta a sus clientes buenas sensaciones, es decir, experiencias instantáneas buscadas para lo que necesita cada persona, justo en el momento que viene a vernos. Pero el motivo de la tienda es lo de menos. Está ubicada en un Centro Proveedor de Servicios el cual, como es costumbre, se diseñó totalmente acristalado; se puede ver la luz del día en cualquier momento y los respiraderos obligatorios, colocados cada diez metros, hacen que circule perfectamente un aire puro y sano, e incluso que puedan entrar y salir los pájaros que anidan en el bosque exterior. La sensación que se tiene es de estar integrado en plena naturaleza. Cada uno de los que vamos allí a diario ocupamos un puesto de trabajo acorde con nuestras capacidades y gustos. No deja de ser un trabajo al que hay que ir todos los días, pero muy diferente al del Centro Comercial y, por supuesto, no pasamos más de cuatro horas de concentración sin disfrutar de una actividad de ocio en común con otros compañeros; es cuando todos reponemos fuerzas físicas y mentales para seguir siendo eficientes. Por cierto, en este día que paso sin parar de trabajar en el Centro Comercial, los momentos de asueto los malgasto mirando continuamente el móvil y devorando sin parar la basura con la que, una vez más, me bombardean las Redes Sociales; lo hago incluso en la hora que disfruto para comer en la que, además, ni me esfuerzo por salir a la calle.

Llega por fin la hora de cierre del Centro Comercial y estoy tan cansada que lo único que me apetece es ir a casa, cenar algo rápido, y dormir. El objetivo lo tengo claro, lo que me aterra es descubrir que, para alcanzarlo, tengo que volver a pasar por el suplicio del coche: algo menos de atasco que a la ida, pero la misma demostración colectiva de ira; un horror. Parece que durante la jornada no he tenido suficiente desgaste auditivo porque en el coche vuelvo a ir con la música a todo volumen y, cuando lo consigo dejar aparcado, me coloco los auriculares para no interrumpirla en el corto trayecto hasta casa.

Cuando por fin me veo en el hogar, solo tengo fuerzas para hacer un par de llamadas desde el móvil —en teoría para interesarme por mis seres queridos— a las que no dedico toda la atención que merecen, y las asumo como un trámite a cumplir antes de tumbarme en la cama y sumergirme de nuevo en la avalancha de mensajes y contenido de las Redes Sociales generado por otras personas que, como yo, desperdician el poco tiempo que les queda para terminar el día.

No sé cuánto tiempo llevo dormida hasta que vuelvo a escuchar algo. Esta vez la melodía la siento perfectamente adecuada para atenuar la ansiedad generada por la experiencia inmersiva que he experimentado. Percibo cómo, muy poco a poco, mis músculos se van activando y los niveles de cortisol y serotonina van recuperando su ansiado equilibrio. Me empiezo a encontrar mejor, mucho mejor.

Abro los ojos. Ahora sí estoy en la cámara de regeneración celular en la que recuerdo haberme acostado la noche anterior. En cuanto mis constantes evidencian que he despertado, se abre la cápsula y agradezco el soplo de aire fresco que llena mis pulmones. Me alivia comprobar que el móvil no aparece por ningún sitio.

Tras el pertinente aseo personal, desayuno de la bebida energética y sesión de escáner corporal, salgo a la tarea diaria. Lo primero es la organización de las actividades para las personas centenarias, tal y como tenía previsto. Es algo que hago junto al resto de voluntarios; a todos nos gusta y queremos hacerlo, así que la reunión es muy efectiva y dejamos todo preparado para que lo terminen los Ejecutores.

El resto del día transcurre con normalidad. Tras unos minutos paseando, disfrutando del buen y primaveral día, monto en el Vagón Colectivo y viajo hasta el Centro Proveedor de Servicios donde desarrollo mi labor profesional. Atiendo a mucha gente a la que ayudo a priorizar sus necesidades y ofrezco esas buenas sensaciones que les hacen disfrutar de buenos momentos. Cada cierto tiempo salgo a las zonas exteriores donde, o bien hago un poco de ejercicio, o bien comparto mesa y compañía con otros compañeros del Centro. En uno de esos descansos conocí a quien creo que, dentro de poco, será mi pareja; estoy deseando verlo de nuevo.

—Hola—me dice, nada más llegar, manteniendo su sonrisa habitual— ¿Qué tal el día?

—Buenas —respondo, mientras me acerco para darle un abrazo—. Pues muy bien, pero con sensaciones raras.

—¿Y eso?

—Esta noche he tenido una experiencia inmersiva.

—¿Al pasado?

—Sí, como al año dos mil veinte o así. No lo vi exactamente.

—¡Puf! Los años antes de la catarsis. ¡Qué duro! ¿Estás bien?

—Lo que estoy es encantada de estar aquí, y contigo.

Antes de que pueda decir algo más, me vuelvo a acercar a él y le planto un beso. Percibo claramente cómo se sonroja.

—Has vivido entonces el inicio del aislamiento personal —dice, recuperando su templanza habitual—. Has estado esclava del móvil y no has hablado casi con nadie. ¿Es así?

—Más bien con nadie —reconozco.

—Años después, esa situación llegó a tal extremo que la gente dejó completamente de hablar —sigue explicando—. La comunicación humana se pasó a hacer exclusivamente por medios digitales e incluso se empezaron a crear parejas híbridas entre personas y asistentes virtuales. Un desastre social que nadie supo frenar, hasta que surgió la Revolución Humana del cincuenta y dos.

—Recuerdo haberla estudiado.

—Gracias a aquel pueblo del norte de Nepal, podemos decir que somos lo que somos hoy en día. Ellos germinaron la idea y, las nefastas Redes Sociales que estaban terminando con todo permitieron que el mensaje se viralizara, contribuyendo así, paradójicamente, a su propia destrucción; la rebelión de los nepalíes se difundió tan rápido precisamente por la eficacia del medio contra el que luchaban.

—Y menos mal —exclamo—, porque esta noche yo lo he vivido en primera persona y no creo que lo hubiera aguantado. ¡Qué horror!

—Esas experiencias son muy necesarias, para no olvidar y, sobre todo, para no volver a cometer los mismos errores.

Le doy la razón y terminamos con ello la primera de las varias charlas que mantendremos a lo largo del día, pasando los dos a cumplir con nuestra obligación en el Centro Proveedor de Servicios. Sabemos que, con nuestra pequeña actividad, contribuimos en cierta manera a mantener esta sociedad que, visto lo visto, parece bastante mejor que la anterior.

 
 
 

1 Comment


Mariló Caballer
Mariló Caballer
Dec 08, 2024

¡Tal cual! Estoy convencida de que estás haciendo una descripción histórica totalmente real. Así han sido las cosas y así serán.

¿No quedaron intrusos de Apple o Google trabajando de incógnito?

Saludos


Like

Formulario de suscripción a las novedades

¡Gracias por tu mensaje!

©2021 por DanielCarazo. Creada con Wix.com

bottom of page