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El taxista

  • Foto del escritor: Daniel Carazo
    Daniel Carazo
  • 9 ene
  • 2 Min. de lectura

Esto es un ejercicio de escritura rápida: papel en blanco, bolígrafo en la mano, un profesor, unos objetivos y media hora para desarrollar la creatividad. Os comparto el resultado:


Coincidía a menudo con él, y el caso es que lo dijo, pero no le hice caso.

En el último viaje juró que se vengaría, y yo, absorto en mi mundo, pensé que era un charlatán. Ni le escuché.

Solo unos días después, sentado por casualidad una vez más en su taxi, caí en la cuenta de que, lejos de ser una fanfarronada, lo había dicho en serio, y asumí la fatal consecuencia que mi falta de interés iba a tener.

Una mañana leí la noticia: “encontrado el cuerpo de una mujer en un descampado de San Blas. La muerte se ha debido a las múltiples heridas por arma blanca”.

«Otro crimen» —pensé— «¡Qué barbaridad!»; y seguí con mi rutina.

Aquel día transcurrió como los demás: trabajo, algo de deporte, más trabajo y la última copa en el bar. Esa noche, ella no llegó. La llamé no una, sino diez o doce veces, pero ella no contestó, así que me fui a casa pensando que algún imprevisto le había impedido asistir, que esa noche no había podido escapar del encierro que solo yo sabía era su hogar.

La noche siguiente tampoco vino, y fue en la tercera ausencia cuando me preocupé. Cansado de no saber nada de ella decidí ir a su casa, y para ello tuve la fatal coincidencia de parar una vez más al mismo taxista que me la presentó, el que no se podía ni imaginar que yo me veía todas las noches con su mujer.

El trayecto, a diferencia de otros viajes en los que no había parado de hablar, lo hizo en silencio. Recordé que fue justo en el anterior cuando juró que se vengaría, y yo no lo escuché.

Antes de llegar a su casa, se desvió por la calle lateral y paró el taxi delante del descampado donde todavía ondeaban las cintas policiales.

—¿Qué hace? —pregunté preocupado.

—¿No la buscabas?

—¿A quién? —intenté disimular, pero sus ojos clavados en el retrovisor no me dieron opción.

—A ella. Cabrón.

Entonces lo entendí. El taxista supo de las salidas de su mujer y de nuestra relación. Lo demás, estaba claro: su ausencia, el cadáver, ahora los dos allí parados… Me entró un pánico tan incontrolado que me acabó de delatar. Inútilmente intenté abrir la puerta. Él sonrió.

—Me dio pena —susurró girándose hacia el descampado—. Era una buena mujer.

A mí no se me ocurrió qué decir.

—Y te lo avisé —dijo volviéndome a mirar—. Te juré que me vengaría.

—¿Cómo iba yo a imaginar que…?

—Yo te la presenté —me interrumpió—, y así me lo agradeciste: alejándola de mí.

—Ella no era feliz.

—Eso era nuestro problema. A ti solo se te ocurrió venderle una vida mejor.

Recordé perfectamente la noche en la que le propuse la fuga, irnos lejos para empezar de nuevo… y cómo ella lo agradeció.

—Ahora sí que está en una vida mejor —añadió mirando de nuevo al descampado.

Me resigné mientras le vi salir del taxi, pasar por mi lado y abrir el maletero para sacar el mismo cuchillo con el que debió matar a su mujer.


 
 
 

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